Abraham Lincoln sabía lo que era enfrentar la crítica. Se le atribuye esta cita: “Si hubiera de intentar leer, mucho menos responder a todos los ataques que se me hacen, mi gestión bien podría quedar afuera de circulación y ser reemplazada por cualquier otra. Me esfuerzo al máximo en hacer lo que mejor sé hacer, en hacerlo lo mejor que pueda; y pretendo seguir haciéndolo hasta el final. Si al final resulta que lo hice bien, lo que se diga contra mí no llegará a nada. Si al final resulta que lo hice mal, las cosas no cambiarían aunque diez ángeles juraran que yo tenía la razón”.
Enfrentando a una enorme oposición, Lincoln continuó uniendo la fracturada Guerra Civil y abolir la esclavitud en dicho país. Si hubiese permitido que las críticas le derrotaran, Lincoln no habría logrado hacer lo que hizo.
El apóstol Pedro entendía los peligros de la crítica infundada. Escribió “Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1Pedro 2:12).
Las críticas pueden consumir nuestras vidas hasta el punto de producirnos parálisis emocional, o podemos disponer nuestros corazones para servir a Dios fielmente, sin amilanarnos ante esas críticas y mostrar a nuestro Dios. Cuando hagamos eso, no tendremos que responder a los que nos critican con palabras. Nuestras vidas dirán todo lo que sea necesario.
EL TESTIMONIO MÁS PODEROSO ES UNA VIDA PIADOSA.
